sábado, 21 de junio de 2008

De canas, motos quilomberas y flautistas

“No les perdono bajo ningún pretexto que no sepan volar”

Alberto Atienza

“No les perdono bajo ningún pretexto que no sepan volar” dijo Oliverio Girondo en su libro “Espantapájaros” refiriéndose a las mujeres a las que les disculpaba que “tengan los senos como magnolias o pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida”. Duro Girondo con el bello sexo. Si no, volaban, chau. Blandos nosotros con los policías mendocinos (mujeres y hombres) no sólo no saben volar sino que a las 22 horas desaparecen de las calles como por arte de encantamiento. Cuando llueve, al parecer, el agua que cae los disuelve. Al oscurecer, las brumas los esfuman. “Es que a los policías mendocinos les gusta dormir de noche”, dijo un conocido opinólogo local. En cambio los chorros, como esos dinosaurios de sangre caliente, alteran su ciclo de sueño.
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Estudios suecos (que los hay los hay) determinaron (vaya a saber cómo) que los sujetos que se desplazan en automotores con escape libre o semi libre (directamente atronador) exhiben, denotan, con el ruido, un deseo insatisfecho de penetración (no es necesario decir dónde). O sea que arman barullo porque nadie les da bola en eso de. Así como las ratas una vez invadieron un poblado y tuvo que venir un hombre con una música subyugante y llevárselas a la Loma del Toor (El flautista de Hamelin) así, las scooters de 100 centímetros cúbicos enroladas en deliveries, otras particulares, a las que se suman perimidos bolones de óxidos (autos) de los 70 de los 80 y algunos más nuevos, económicos, comprados con planes de ahorro o prestados por la tía, surcan nuestras calles a mil. Cortan la charla. Nos roban la frase final de la película que vemos en la tele porque el ruido se superpone al parlamento (“Este es el comienzo de una hermosa...FRAGOR ... “Casablanca” Ingrid Bergman, Humprey Bogart) Salta en la blanca cama el internado en terapia intensiva. Se despierta el bebé. ¿Quién de nuestros (y de nadie más) funcionarios oficiará de flautista de Hamelin?
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El paisaje más bello del mundo (para algunos), El Arco del Triunfo en París, gigantesco, con las envolventes placas de las batallas ganadas por Napoleón. La llama votiva perenne, el ramo de flores frescas, todos los días, en la lápida del soldado desconocido de esas guerras. Otro. Un atardecer en la bahía de Luanda, Angola, África Occidental. El sol dorado feroz enorme, ahí, casi al alcance de la mano. Más cerca. Las 8 de mañana en el Parque Central de Mendoza. Los patos del lago saludando a quienes les llevarán más tarde el desayuno. Aire fresco. Puro. Algunos deportistas corren enbuzados. Pocas señoras con perros lentos, análogos a ellas en movimientos. Hermosas chicas ingresando a los saltitos a la vida. Ciclistas solitarios con brillantes rodados. Pájaros extraños, de colores subidos, que recalan por minutos en esa isla. Y de pronto el estruendo. Una moto. O casi moto. Una suerte de inodoro con ruedas irrumpe. Y por los oídos, que no tienen párpados, ni persianas, ingresa el estremecimiento. El fin de la paz. La alteración. La bronca. Flautista, ¿Dónde estás?

La Quinta Pata

La Quinta Pata

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