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sábado, 13 de diciembre de 2008

La realidad irrumpe en la nueva novela de Sara Rosenberg

Contraluz, Sara Rosenberg

Jorge Boccanera

La nueva obra de la escritora tucumana, "Contraluz", que acaba de ser publicada en España, oscila entre el policial y la intriga política. La trama se superpone a la realidad acerca de los juicios realizados en ese país a represores argentinos.

Rosenberg, narradora y pintora, que vivió en Canadá y México hasta 1982, cuando pasó a residir en Madrid, es autora además de las novelas "Un hilo rojo", "Cuaderno de invierno" y "La edad del barro", todas ellas con buena repercusión de la crítica.

Su nueva novela gira alrededor de la desaparición de un ex desterrado de la última dictadura argentina que vive en España, y las fuerzas oscuras que aún hoy se mueven entre bambalinas para obstaculizar investigaciones sobre ese cruento período.

"La historia – señala Rosenberg – sucede durante el juicio a un represor argentino en Madrid; pero más que el espectáculo jurídico, me interesa el poder que mueve eso que se llama justicia internacional".

El personaje central, Griselda – la mujer de la víctima, actriz y fervorosa lectora – conduce las riendas de la historia mediante un monólogo paralelo a la acción. Esa voz ficcional, de gran altura, sitúa la historia por sobre lo lineal y el mero testimonio.

"La acción se desarrolla en este mundo, y la corrupción es inherente al sistema político en el que vivimos. Pero no es policial en el sentido clásico, no hay enigma, y el lector siempre sabe más que los personajes. El monólogo que Griselda ensaya y escribe, habla de ella misma y también del amor o de la imposibilidad del amor".

Todo autor se identifica con sus personajes. ¿Se da entre Rosenberg y esta Griselda al borde de caer en las garras de quienes la acechan, y de cuya fragilidad emerge su fuerza y su lucidez? "Cuando escribo estoy en todos los personajes, los quiero, los odio, discuto, duermo y me despierto con ellos, pero ellos son los dueños de su historia. Por suerte, el libro les da otra casa. Es una larga mudanza".
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Un dicho popular otorga la verdad sólo a borrachos y locos; pero el pensamiento de esa Griselda es relativizado por quienes la ubican como paranoica entre el alcohol y delirio.

Rosenberg retruca con otro dicho: "’Todo por ganar (o hacer) y nada por perder, salvo las cadenas’, es la condición de Griselda a pesar de su delirio. No es una heroína, es débil, errática, sólo la ayuda haber perdido el miedo, que es un tema central, paralizante, de nuestro tiempo".

Es la misma Griselda quien habla de una luz intensa de vigilancia (¿de interrogatorio?) – mientras el título de "Contraluz" remite a observar desde otro ángulo y sobre todo a "ver", a horadar con la mirada.

"Aprender a ver es querer ver – expresa la autora. Sin elección no hay mirada. Dudar de la luz de las vidrieras, de las pantallas de televisión y de la luz de vigilancia que sólo alumbra y protege a los grandes bancos. Hollywood es sólo un tornillo de la gran máquina de luz falsa".

El "supuesto" suicidio de Jerónimo y el discurso nihilista de Checo (el traidor), traen al diálogo una mirada sobre la muerte bastante extendida, que ve a la militancia de los años 70 como una secta que, como tal, va voluntariamente al sacrificio.

Rosenberg descarta esa versión de plano; es rotunda al decir que no creer en sacrificios ni en sectas: "Jerónimo no quiere morir, lo matan porque va a testificar. La postura ’holocáustica’ también se usó en Alemania para justificar los crímenes. Es como si los palestinos de Gaza arrojaran piedras a los tanques que arrasan sus casas porque tienen ’una tendencia tanática’".

Y agrega: "Es un enfoque criminal que oculta y justifica la infamia de todas las guerras imperiales, que se cebaron siempre en la población civil. Criminalizar la resistencia es ser cómplice del genocidio".

Otro de los personajes (Checo) encarna al soplón; un traidor que da línea ("hubo mucha basura en nuestra generación") y justifica su vileza con el argumento de que nada vale la pena.

Para Rosenberg: "El Checo es una víctima de la adaptación a lo que hay, o él supone que hay: dinero, poderoso caballero".

Y recurre a una cita (aunque no recuerda su autor): "Nihilismo es no creer en nada y tener el deseo de convertirse en nada: el olvido es la pasión que impera", para explicar al Checo: "Un escéptico que compró todos los tópicos que le ayudan a sobrevivir.

Y es el cazador cazado, no puede ser de otra manera".

Sobre esta figura – por momentos el perseguidor perseguido – concluye: "No lo juzgo. Es un personaje muy común, ve el árbol pero no puede ver el bosque y apuesta sólo por "es lo que hay", como dicen aquí cuando una empieza a hablar de cualquier posibilidad de cambio".

Si "Contraluz" es una historia de vilezas, corrupción, traición y crimen, lo es también de esperanza en esa Griselda que no acepta el papel de víctima y resiste desde su verdad: aquello que visto a contraluz devela el sentido profundo de la vida.

Dicha posición está en el imaginario de Sara Rosenberg -ex presa política y exiliada durante la dictadura militar- quien durante una entrevista anterior afirmaba: "Seguimos teniendo el registro de la utopía" en el intento de: "convertir el dolor en acción, en literatura, en vida".

Télam, 13 – 12 – 08

La Quinta Pata

De la teología a la política

El Reino y la Gloria, Giorgio Agamben

Cecilia Macón

En El Reino y la Gloria, uno de los volúmenes de Homo Sacer, la imponente trilogía en que busca establecer una genealogía del poder en Occidente, el filósofo italiano Giorgio Agamben aborda la relación entre la gestión de gobierno y su liturgia.

¿Qué tienen en común la sociedad del espectáculo, los debates en torno a la Santa Trinidad y el consenso democrático? ¿Cuáles son los cimientos de la lógica del poder en Occidente que acercan una respuesta común para el modo en que se constituyen -y se reproducen- estos tres conceptos? La respuesta que da el filósofo italiano Giorgio Agamben en las últimas páginas de El Reino y la Gloria definen sólo uno de los ejes de interés de un trabajo que, seguramente, generará fuertes debates en el ámbito de la filosofía política. Esos párrafos finales constituyen una coda del libro, que hace brillar el análisis minucioso que lo antecede. También, los que lo vuelven más controvertido.

Discípulo de Martin Heiggeder, editor de Walter Benjamin, lector de Carl Schmitt e interlocutor de Jacques Derrida, Agamben ya había mostrado su vocación por adentrarse en la tradición teológica para rendir cuenta del despliegue de lo político. Mientras que en El tiempo que resta el análisis estaba centrado en San Pablo, en Lo abierto el lugar central lo ocupaba Santo Tomás de Aquino. Aquí, su erudición teológica se transforma en fuente privilegiada para establecer el origen de la gubernamentalidad occidental. Se trata de reconstruir genealógicamente el modo en que el poder aúna, como dos caras distintas pero inseparables, la oikonomia -lo político entendido en términos de gestión ordenada sobre el modelo familiar- y la gloria, ese espacio donde la liturgia muestra toda su potencia real para reproducir poder.

El Reino y la Gloria. Homo Sacer II, 2 forma parte de una trilogía en la que el pensador intenta hurgar en el funcionamiento de las sociedades modernas tomando como punto de partida ciertos desarrollos de la obra de Foucault. Continuación del Homo Sacer II, 1 desplegado en Estado de excepción (2003) y de Homo Sacer I. El poder soberano y la vida desnuda (1995), antecede conceptualmente al ya publicado Homo Sacer III presentado con el título Lo que queda de Auschwitz (1998). Así como cada una de las entregas de la trilogía se ocupa de establecer una genealogía del poder en Occidente, este volumen despliega un eje centrado en el análisis de la relación entre el poder "como gobierno y como gestión eficaz" y como "majestuosidad ceremonial y litúrgica".
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De acuerdo con Agamben, es a partir de la teología cristiana que se establecen dos paradigmas antagónicos pero conectados: "La teología política, que funda en el único Dios la trascendencia del poder soberano, y la teología económica, que sustituye a ésta por la idea de una oikonomia , concebida como un orden inmanente -doméstico y no político en sentido estricto- tanto en la vida divina como en la humana". Para llevar a cabo su reconstrucción, Agamben parte de una polémica entre Carl Schmitt y Erik Peterson y recorre debates donde se involucran Tertuliano, Orígenes, San Agustín, Alejandro de Afrodisia, Guillermo de Ockham, y San Pablo, entre muchos otros.

La teología cristiana, intenta demostrar Agamben, es económico-gestional más que político-estatal. Pero esta suerte de fractura entre ser y acción busca simultáneamente ser recompuesta. Se trata de una distinción necesaria para poder gobernar, pero, a la vez, el gobierno sólo es posible si ambas instancias están correlacionadas en una máquina bipolar.

¿Por qué el poder necesita de la gloria?, se pregunta Agamben. Sucede que -responde el filósofo- la relación entre oikonomia , que no es otra cosa que el gobierno de los hombres, y gloria conforma la estructura fundamental de la máquina de gobierno de Occidente. La gloria no es más que el centro secreto del poder.

Los debates en torno a la Providencia y la Trinidad -donde se discute la relación entre Dios y el mundo, es decir, la gubernamentalidad misma- son un foco privilegiado para la mirada de Agamben, destinada a reconstruir la matriz conceptual sobre la que se erige la distinción en juego. De hecho, el filósofo evoca los primeros intentos de formular la teoría de la Trinidad en términos de una economía divina y muestra cómo el aparato de oikonomia trinitaria puede ser un lugar privilegiado para observar el funcionamiento y la articulación de la máquina de gobierno.

La presentación de Agamben tiene un objetivo crítico sobre el modo en que el presente encarna esta doble cara del poder. Es aquel orden doméstico -frecuentemente soslayado- el que establece el triunfo de la economía en todos los aspectos de la vida social. Una de las metas es dar con el modo en que la potencia de la democracia contemporánea resulta debilitada. De acuerdo con la argumentación centrada en las últimas páginas, los medios masivos devienen capitales en las democracias occidentales no sólo por el control que ejercen sobre la opinión pública, sino centralmente porque "administran y otorgan gloria". La democracia moderna indirecta ha despojado al pueblo de la liturgia de la aclamación al impulsar un desplazamiento de la esfera de la gloria hacia la opinión pública. La gloria está ahora enteramente diseminada en medios que, con el poder irrefrenable de su liturgia, absorben una de las caras del poder. Y es allí donde el contraste con la complejidad del análisis anterior obliga a abrir la discusión a través de algunos interrogantes: ¿realmente el desplazamiento de la gloria representa una pérdida para lo político?, ¿la sociedad del espectáculo, enfrenta, se superpone o reemplaza a la política?, ¿es aún posible pensar en una fuente privilegiada para la legitimidad? Presentadas casi al azar, éstas son sólo algunas de las muchas preguntas que el libro de Agamben es capaz de disparar en cada uno de los minutos que insume su lectura.

La Nación, 13 – 12 – 08

La Quinta Pata

martes, 5 de agosto de 2008

Santería, de Leonardo Oyola

Juan Fernando García

Detengámonos dos minutos a recordar cómo es una santería (no la que se erige junto al templo católico, lleno de Ediciones Paulinas); aquéllas donde innumerables objetos conviven en el sincretismo criollo que aúna la Madre María, con San Cayetano, el Gauchito Gil, velas de colores, mirra, San Jorge y hasta un buda que protege la salud de los enfermos. Pensemos en los avisos clasificados y en los volantes entregados en mano que prometen “amarres” al amado. Todo un aquelarre.

Con esa imagen familiar se puede entrar a Santería de Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973), que pone en el centro de su nueva novela relaciones cruzadas por creencias, supercherías y otras cuestiones. La villa Puerto Apache como marco, en aquellos días que hacían lugar a Puerto Madero, donde desclasados personajes deambulan por una ciudad que participa de una transformación que relega y discrimina: álgidos 90, el menemato en su cima y su derrumbe final. En ese contrapunto, la cartografía de la novela se despliega hacia otra villa emblemática, El Jabuti en el Bajo Flores.

Fátima Elizabeth Sánchez, la Víbora Blanca, posee el don de la videncia y lee las cartas españolas con especial respeto. Ha heredado de su tía Chiqui las artes de ver en la conducta de las palomas el porvenir, así como una fe inquebrantable. “Tener fe es tener poder. Si tenés fe no hay nada con qué darte”, para luego subrayar: “Aunque te digan que caí”. De esa densidad es este personaje enorme que Oyola ha pulido.

Una serie de hechos desafortunados –la muerte de Ray, su amado, para empezar– la lleva al encuentro de una villana exasperada, Lucía Fernández, “La Marabunta”, que solicitará sus servicios, ineludibles: el “amarre” a un desangelado personaje que se convierte, por la tozudez del pedido, en eje de la tragedia. La negativa de Fátima, fundada en una memoria de años, despertará a la poderosa, una especie de Joan Collins iracunda, que no cejará en su deseo. Muchos otros personajes satélites conforman los vínculos de estas dos mujeres aguerridas.
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Con un ritmo narrativo ajustado, Santería despliega sus mejores dotes ficcionales. ¿Cómo leer una novela policial que en su interior se torna comedieta política, atentamente contemporánea? La elección de un lenguaje no mimético hace que los diálogos y las situaciones vividas no se vean entorpecidos por el juego de la imitación, que encubre, muchas veces, miradas clasistas.

Es en las inflexiones de las voces, en una gramática original y muy literaria (con una narradora escandalosa), que Santería se vuelve, tal la definición de su editor Juan Sasturain, “poderosa novela”, porque toma distancia de los presupuestos del “realismo sucio” de los 90, extrañándose de los gestos de época. Es ese plus que parece venir de una confianza en la literatura que hace de Santería una novela entretenida, sólida, amable.

Links
La literatura policial en la Argentina tiene una larga y productiva tradición. “Negro Absoluto”, la nueva colección que dirige un autorizado cultor del género, Juan Sasturain, acerca nuevas voces en bellos ejemplares con fotografías ilustrativas de Marcos López en sus cubiertas. Bajo los ecos de otras colecciones –“Séptimo Círculo”, “Serie Negra”–, el primer lanzamiento incluye, además de la novela de Oyola, El doble Berni, de Gandolfo-Sosa; Los indeseables, de Osvaldo Aguirre, y El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero (quien a su vez dirige una colección de Gárgola Ediciones bajo el sugestivo nombre, “Laura Palmer no ha muerto”.)

Así escribe
Me llamo Fátima Elizabeth Sánchez. Se me conoce como la Víbora Blanca. (…) Tengo entendido que soy hija de Berta Cavalcante Méier, a quien nunca conocí porque murió cuando me tuvo. Vi fotos de ella: era una negra hermosa. Negra, negra. No negra-katunga. Negra. Tan negra como su marido, Paulo. Que además de comerse el garrón de pasar a ser viudo cuando debería ser padre, se vino a anoticiar por el color de mi piel que yo no era hija suya y que su mujer le había metido los cuernos.

Crítica Digital, 05 – 08 – 08

La Quinta Pata

domingo, 3 de agosto de 2008

Villa Celina de Juan Diego Incardona: el escritor chabón del barrio peronista

Hernán Brienza

Se trata de una novela basada en hechos autobiográficos. Literatura con idea de justicia social y personajes lúmpenes.

Identidad. Hijo de un tornero matricero y una maestra, vivió 28 años en la misma casa de La Matanza. Dice que eso lo relacionó con el imaginario del primer peronismo.
El bar de Palermo en el que se realiza la entrevista con Juan Diego Incardona parece un enclave de Villa Celina en pleno Palermo Hollywood. Luces de tubo fluorescentes, mesas de fórmica, pisos de granito, cucarachas rubias que salen a hacer turismo gastronómico por las paredes y dos gallegos –“propiamente de Galicia, ¿de dónde vamos a ser, hombre?”– de principios de siglo pasado hacen las veces de mobiliario. El autor de Villa Celina se siente cómodo, se lo nota en una geografía común, pide un café con leche y comienza a hablar con cara de pocos amigos, como tanteando el terreno, como junando de qué va la cosa.
Hace 13 años que es artesano y vendedor ambulante en la zona de Palermo y los fines de semana en Plaza Francia. Fue estudiante secundario del industrial Don Orione, en Villa Lugano, estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA y es autor de los libros El ataque y objetos maravillosos. Recientemente escribió Villa Celina, “una novela en relatos”, como le gusta definirla, y que recoge cierta nostalgia adolescente de ese bastión peronista de La Matanza. Hoy, Incardona, vive en Morón, durante el día escribe y lee y además diseña la web de la interesante revista El interpretador y mantiene al día su blog-bitácora, con días que se empujan en desorden.

–Muchos dicen que su literatura es lumpen-peronista, ¿es cierto?
–No sé si es literatura lumpen, hay algunos personajes que sí son lúmpenes. Pero, ¿cómo se define eso? Yo no me animaría a decir ni siquiera que hago literatura peronista, creo que hago una literatura con una cuestión de pertenencia muy fuerte, no sé si ideológica, pero sí con la idea de justicia social, muy fuerte dentro del peronismo.

– ¿O sea que se trata de literatura política?
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–Yo entiendo lo nacional como una vinculación con lo político y la literatura como un discurso que participa de la política y del imaginario de la construcción nacional y de lo cultural. Para mí no es simplemente un entretenimiento, sino que el autor debe desarrollar en la obra un posicionamiento frente a la tradición, frente al contexto histórico y la época y no ser simplemente fabricante de entretenimiento. No la pienso como una técnica. Vengo de Villa Celina, lo primero que escribí fueron canciones de rock y después, cuando empecé a leer, me enamoré de Borges y me puse a leer clásicos. Cuando comencé a escribir lo hacía muy impostado, muy acartonado, con un borgeanismo muy berreta, historias de pretensión universal pero de muy poco vuelo.

– ¿Cuándo se produjo el quiebre?
–Con Villa Celina. Antes creía que escribía alta literatura usando palabras rebuscadas. En mi último libro empecé a representarme; mi escritura se está convirtiendo un poco en eso. Viví 28 años en la misma casa, mi viejo era tornero, matricero, y mi mamá maestra. Por eso fui al industrial, con el sueño del inmigrante del “hijo ingeniero” a cuestas. Mi papá es siciliano y mi tradición religiosa es cristiana. Me formé en la parroquia del barrio, hice catequesis ahí. Era muy importante la parroquia, la sociedad de fomento, la unidad básica, esas instituciones en el barrio quedaban vaciadas de su objetivo original. Cumplían una función social, un espacio de contención. Por eso tengo mucha relación con el peronismo, que era la única fuerza política presente. Es algo muy del imaginario del primer peronismo, que yo no viví, pero que anacrónicamente se conservaba en La Matanza. En los vía crucis, por ejemplo, se cantaba la marcha peronista.

– ¿Villa Celina es crónica, ficción o memorias?
–Algunos cuentos son relatos biográficos, pero están estructurados como ficcionales, tienen la composición de una narración. Yo trabajo mucho el desarrollo, lo argumental. Pero no sé si se definen por lo autobiográfico. Acá hay una anécdota organizadora del relato. Para mí claramente es ficción. Los pienso más como cuentos que como crónicas. Pero, bueno, hoy el cuento está muy desacreditado, entonces, lo vendí a la editorial Norma como una novela en relatos. Lo que es cierto porque, si bien son independientes, el narrador y los personajes son siempre los mismos, se van cruzando, el universo es de novela. Ahora estoy escribiendo una novela que se llama El Campito, es una continuación de Villa Celina.

– ¿Su literatura es similar al rock barrial?, ¿es literatura chabona?
–A veces me acusan de barrialismo, pero ¿qué es el barrialismo?, ¿lo barrial, el barro? A mí me interesa por lo nacional, porque un barrio puede contar la historia de un país. Una gran historia surge de las pequeñas. Si mi literatura es rock barrial o chabón no tengo de qué avergonzarme. A mí no me suena despectivo. Los sentidos de Villa Celina se vinculan con una realidad mayor. Es La Matanza, el conurbano bonaerense, un millón y medio de habitantes, más personas que en tres provincias juntas, si no es nacional lo que pasa en La Matanza, ¿entonces qué?, ¿lo que pasa en Barrio Norte?

Un salto sin red, casi al vacío
Acaso Villa Celina sea una apuesta mayor a esa nueva literatura barrial, social, lumpen o como quiera llamarse -que anda rondando entre algunos autores nacidos entre fines de los sesenta y principios de los setenta– y, por lo tanto, un salto sin red, casi al vacío. La inclusión de la política –no como intriga (recurso comercial válido) sino como presencia contenedora– y de una identificación del autor con el peronismo podrían anegar su escritura si no fuese por el tratamiento literario que Juan Diego Incardona le da a esa construcción, a esa melange de mitologías, leyendas, anécdotas y realidades que anidan en ese cuadrado de calles pegado a la General Paz.

En el libro los discursos y las voces se yuxtaponen y es posible reconocer la mirada inocente del adolescente narrador –la ternura de Los reyes magos peronistas es encantadora– con el coloquialismo clásico La culebrilla, El hombre gato, Los rabiosos o El Pity (que es un recuerdo de secundario del líder de Intoxicados) el argot o lunfardo de fin de siglo –Bichitos colorados, La guerra, El 80– hasta alcanzar un lenguaje propio, “el celinense”, como lo define el propio Incardona, en el punto más alto del libro: El túnel de los nazis, donde se entremezclan el latín, la biología, la física, la alquimia de palabras, el argot y la jerga ricotera.

Resulta interesante el uso que hace el autor de la violencia y de la pobreza: nunca lleva al texto a la balaustrada del exhibicionismo. Esos elementos recorren el libro no como una obscenidad ante el lector sino como una forma de reconstruir un pasado que Incardona añora y que seguramente no fue tan mitológico como el autor propone. Y la plasticidad para retratar personajes se hace evidente en otro de los relatos fuertes del libro, el del “flaco” Víctor San La Muerte. Por último, un párrafo aparte merecen las ilustraciones del artista plástico Daniel Santoro que encabezan cada uno de los capítulos de esta “novela a relatos” –así definida por el autor– que podría inscribirse dentro lo que Marechal llamaba las aventuras “criolli-malevi-fúnebri-putani-arrabaleras”.

Así escribe
“El túnel de los nazis”
La rastrera me estaba alcanzando y estaba a punto de masticarme la valva pero saqué fuerza de donde no tenía y Matanza aguanta y el verano y los mosquitos vinieron a ayudarme y yo era Tino y Adrián Navarro juntos en la carrera por la figurita, y damas y caballeros, recién llegado de Villa Celina, donde los soretes caen de punta y los guapos bajan la cabez... cagamos, me agarra, me agarra, pero pará un poquito, justo descubrí una escalera y una lamparita que antes no había visto y no sé de dónde salieron pero nada de matemática ni filosofía y de una me mandé a todo trapo, pero mucha alegría que dura poco porque después del último peldaño comprobé que seguía en el túnel, aunque en otro nivel bastante podrido, y noté que todos los tubos estaban clausurados y no se veía salida y entonces me empezó a agarrar la paranoia y la melancolía inversa y por eso otra vez corrí mientras lloraba la gleba y perdía la macrófila, el manubrio y toda noción y la cosa me chupaba y me lanzaba más allá y no te lo vengo a robá ni te lo vengo a pedí y anamorfo, anatropo que ya no sabía qué carajo pensar y todo se trataba de correr y otra vez y al revés de correr de correr en la música y en el túnel y respirar la gemación del negro y hacia el continuo paso empecé a conversar con la nada, primero tímidamente, después con disserto pluvial, a vos te hablo pronunciaba mi discurso al invisible, jouleciano del campo arrastraba sílabas de la bestia recalesca, inexpresivo sobre mi rostro expresivo, la romería y el río de mí en el obbrutesco de mis facciones, campo inevitable, campo irreparable, la cara se ha transformado en una postura de ademanes paralizados, marino del olvido por fin he llegado, caminante negro-blanco como este túnel deslizante, muerto, ausente como un hombre de fotografía, intermori, demori, decedere, obire, eppetere, perire, interire polimorfo y narrador canino del barrio extranjero, uno dos uno dos en el sótano de la Matanza, cerca de la General Paz y la Ricchieri.

Crítica Digital, 02 – 08 – 08

La Quinta Pata

sábado, 2 de agosto de 2008

El poder de la belleza

José Luis Pardo

A propósito de La estética como ideología.

La pregunta es: por qué todas las cuestiones que hace sólo veinte años nos parecían inexcusablemente políticas, implicadas en decisiones colectivas que atravesaban las luchas sociales y los conflictos locales y mundiales, por qué todas las cuestiones en las que sentíamos vibrar con su grave latido el pulso de la historia y el peso de la economía política se han ido desplazando paulatinamente desde el terreno del entendimiento hacia el de la sensibilidad, desde el terreno de la discusión hacia el del gusto inapelable? La respuesta de Terry Eagleton es que la estética se ha convertido en la ideología de una época que presume de no tener ninguna, en el sustituto de la política para unas sociedades desencantadas de la política y que aspiran a poder pasar sin ella, en "el último bastión" en el que se refugia la ilusión de una dominación que, siendo más completa y asfixiante que nunca, tiene la misma necesidad que siempre de ocultarse a sí misma y a los demás su carácter de dominación.

Terry Eagleton Si la pregunta es por qué la estética -una disciplina a todas luces menor, tanto por el carácter suntuario de sus objetos como por el modo inferior de su conocimiento, incapaz de las certezas metódicamente contrastables de la ciencia teórica o de la universalidad de la razón práctica- se ha convertido en una especie de indiscutible "reina" (algo deshonrada, eso sí, por su confusión con la peluquería y la cosmética) con respecto al resto de las materias filosóficas que antaño la tuvieron por esclava y auxiliar y que hoy yacen en el arroyo del desprestigio, el olvido o el arcaísmo cultivado únicamente por eruditos cada vez más desmundanizados, rancios y atávicos (como la metafísica, la lógica, la epistemología o la ética); si la pregunta es por qué ella, entre todas sus antiguas dueñas o competidoras, conserva intacta en exclusiva su vigencia social, su presencia constante en la discusión pública, su capacidad de captar para sus investigaciones fondos estatales y privados cuantitativamente significativos, su posición de privilegio en los debates de actualidad y la fidelidad de una audiencia que una y otra vez la demanda y reclama como necesaria y aún imprescindible; si la pregunta es, sobre todo, por qué todas las cuestiones que hace sólo veinte años nos parecían inexcusablemente políticas, implicadas en decisiones colectivas que atravesaban las luchas sociales y los conflictos locales y mundiales, por qué todas las cuestiones en las que sentíamos vibrar con su grave latido el pulso de la historia y el peso de la economía política se han ido desplazando paulatinamente desde el terreno del entendimiento hacia el de la sensibilidad, desde el terreno de la discusión hacia el del gusto inapelable y sordo, entonces, la respuesta de Terry Eagleton es que la estética se ha convertido en la ideología de una época que presume de no tener ninguna, en el sustituto de la política para unas sociedades desencantadas de la política y que aspiran a poder pasar sin ella, en "el último bastión" en el que se refugia la ilusión de una dominación que, siendo más completa y asfixiante que nunca, tiene la misma necesidad que siempre de ocultarse a sí misma y a los demás su carácter de dominación.
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Este diagnóstico, compartido por otros críticos culturales de tradición marxista que militan en su misma órbita, va a los orígenes de esta disciplina en la modernidad -Kant, Schiller, Hegel-, no solamente para trazar su genealogía, sino sobre todo para intentar comprender la posibilidad de que esto haya acabado siendo así. Y en este recorrido retrospectivo que comienza con Baumgarten y acaba en el posmodernismo, no tiene más remedio que descubrir la quintaesencia de la fascinación que la estética ha producido sobre la sociedad moderna a través de algunas de sus grandes cabezas (Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Freud, Heidegger, Adorno o Benjamin), y que consiste en esto: la razón ilustrada encargó al arte, en el sentido más lato del término, la labor de guardar el secreto de la imaginación humana, cuyos mecanismos pasan inadvertidos a la conciencia, pero que implica una ambivalencia radical: contiene la fuente de la esperanza social de un progreso moral de la humanidad, es decir, de una conciliación entre las leyes de la naturaleza reflejadas en la técnica y las aspiraciones de la libertad reflejadas en la moralidad; pero también es la raíz de todos los intentos de justificación de las atrocidades de la historia precisamente en aras de un supuesto progreso cuya exigencia de sacrificios es insaciable, o de una "satisfacción estética" que no parece menos temible, pues en ella la belleza no es ya más que el impúdico velo del horror. La estética como ideologia - Terry EagletonClaro está que, a medida que su recorrido avanza hacia el presente, Eagleton tiene que arrostrar el hecho irrevocable de que la tradición izquierdista de la crítica de la cultura, a la que él mismo pertenece, también ha desempeñado algún papel en esta "estetización de la política" (o "despolitización de la estética") que él denuncia, y ha pesado con cierta fuerza en la "desviación ideológica" de la estética en la posmodernidad. Aprovechando el "equívoco natal" de esta polifacética disciplina (el ser al mismo tiempo "teoría de la sensibilidad" y "teoría del arte"), nuestro autor se las arregla para reclamar los derechos de una "estética materialista" que, en realidad, es una ética que reivindica el valor de la corporeidad, y logra -en uno de sus gestos más originales- incluir a Marx en la lista de los investigadores de lo sublime (lo cual, de paso, desdibuja en su texto la ya de por sí ambigua figura de Nietzsche). Y aunque ello no le libra del defecto de que su ensayo, sin dejar de ser una de las aportaciones más interesantes aparecidas en los últimos tiempos, permanece mudo ante la problemática utilización del concepto mismo de "ideología" en el cual se sustenta, le permite terminar sus páginas con una recomendación "neomarxista" de repolitización de la estética para críticos de izquierda demasiado exquisitos: "Hoy en día hay alguna gente que parece creer que en torno al año 1970 nos dimos cuenta de pronto de que todos los viejos discursos acerca de la razón, la verdad, la libertad y la subjetividad estaban agotados, y que desde entonces nos podíamos desplazar, entusiasmados, hacia otra cosa. Pero toda política que no se tome con toda la seriedad posible estos temas no tendrá la inteligencia ni la flexibilidad suficientes para plantar cara a la arrogancia del poder".

Nodo50, 01 – 08 – 08

La Quinta Pata

miércoles, 31 de octubre de 2007

Año 1 Nro. 5 - Moros y Matamoros en América

Cruces y entrecruces de culturas


por Abderrahman Beggar

Matamoros es el nombre de una ciudad del nordeste mexicano, Estado de Tamaulipas, altamente celebrada en "Mi Matamoros lindo" de Rigo Tovar, canción muy popular dedicada a la heroica ciudad de donde es oriundo Mariano Matamoros, distinguida figura de la independencia. Matamoros es también un apellido muy corriente en Latinoamérica. A pesar de ser moro "de toda costa" tuve a amigos con este mismo apellido, y nadie me mató. Al contrario, de los "bípedos desplumados" -como llamaba al hombre el sabio Cifran- son de la categoría muy amable. Si hablo de Matamoros es porque este nombre tiene mucho que ver con el propósito de este artículo.Leer todo el artículo - Cerrar
Que lo llamen, "descubrimiento", "encuentro", "desastre",... lo que pasó en 1492 no es en sí un acontecimiento autónomo, un evento sui generis, un punto de partida que implica sólo a sus autores (Conquistadores e Indios), un gesto preontológico (la idea de virginidad taparrabada de lo "descubierto" y, por consecuencia, de noche histórica en que deambulaba la tal virginidad) destinado a crear a partir de la Nada. La llegada de Colón forma parte de un proceso histórico que empezó en el año 711 cuando 26300 moros, bajo el mando de Tariq Ibno Zayyad, decidieron cruzar el estrecho de Gibraltar y apoderarse de Al-Andalus o Andalucía (Vandalucía: Tierra de los Vándalos). A partir del siglo VIII, la Península ibérica entró en una era de prosperidad, florecimiento intelectual y tolerancia. A los descendientes de estos moros nos gusta mucho hablar de las escuelas de traducción en Granada, del humanismo de un Ibno Hazm o un Maimónides, de la Introducción a la historia universal de Ibn Khaldún, de la sabiduría de un Averroes... En nuestros manuales escolares tenemos muy pocas referencias a la guerra de la Reconquista que empezó inmediatamente, en 722 con la batalla de Covadonga y duró hasta el año 1492. Es en esta época donde nació el modelo de gobierno militar español exportado a América Latina, que varios historiadores, con razón o no, consideran como el ancestro común de todas las dictaduras militares.

En tiempos de la Reconquista nació una filosofía del poder donde la legitimidad es encarnada por el cuerpo castrense, legitimidad que carcome la legalidad. Hoy en día, se puede observar este fenómeno cuando es cuestión de la lucha anti-terrorista, un área donde el poder se otorga una legitimidad incontestable que le permite usar a mercenarios, crear campos de detención al margen de la ley, acudir a arrestos y asesinatos extra-judiciales, financiar el terrorismo de Estado... La perfecta encarnación de estos valores en la España medieval es El Cid (del árabe assayid o el señor, equivalente del qaid o caudillo). En esa época, la definición de la entidad nacional, en sus aspectos topográficos, espirituales, políticos y económicos, dependía del factor bélico; el centro de tensión era la famosa Frontera, una línea separatoria cambiante según el ritmo de las batallas. En este período nació todo un género llamado Literatura de la frontera que nos sirve para examinar la naturaleza de las relaciones entre ambas sociedades. Uno de los mejores casos es el romancero Ibno Siraj y la hermosa Xarifa con sus versiones sefárade, árabe y cristiana, cada comunidad reivendicando su parentesco con el héroe.

¿Y Matamoros en todo esto? ¿Y el descubrimiento de América? Toda causa tiene su propia iconografía. Como todo lo sagrado, ésta llega a menudo a resistir la erosión del tiempo. La figura central de la iconografía de la Reconquista es el Apóstol Santiago, convertido, por imperativos ideológicos, en Matamoros; dice la leyenda que encabezaba a los Cristianos y no hesitaba en cortar cabezas moras. Esta creencia perdura hasta después de vencidos los Moros con la caída de Granada en 1492. El síndrome Matamoros es persistente y se puede ver, por ejemplo, en fotos de soldados españoles posando frente a las cámaras fotográficas con cabezas de marroquíes (Moros) durante la guerra del Rif (1922-1925) o de fotografías de soldados paraguayos durante la guerra del Chaco con cabezas de Indios Ayreode (llamados Moros), fotos realizadas por el periodista uruguayo Borche(1).

La figura del Santo exterminador es determinadora de las relaciones con el Otro. La imagen del enemigo moro y judío pasó a un estatuto arquetípico que la protege de los factores espacio-temporales: se trata del Enemigo, entidad que traspasa la geografía y la historia(2). Así es muy importante notar que al iniciar su primer viaje, Colón tuvo una escala en Canarias. Dos años después, en 1494, los españoles atacaron las islas sin gran éxito para luego regresar en 1496, esta vez con más hombres y armas. El lugar se convirtió en campo de experimento de las tácticas adoptadas después en América, como el uso del arma epidemiológica, introduciendo enfermedades desconocidas en esta parte del África, o el conducir matanzas masivas de civiles, hasta aniquilar por completo a los nativos Guanches.
Uno de los ejemplos de cómo el llamado Nuevo mundo integra a nivel simbólico estos conflictos afro-mediterráneos es el caso de los Indios Pueblo, originarios del sudeste de los Estados Unidos. Su baile ceremonial conocido como matachine fue introducido al actual Nuevo México a finales del siglo XVI. Este ritual es una versión india de la fiesta "Moros y Cristianos". Según Sylvia Rodríguez(3) el nombre Matachine viene del árabe Mutahuajjihine (mascarados). Los bailarines llevan máscaras, y son organizados en dos bandos, representantes de los dos grupos confesionales en conflicto, armados de espadas e instrumentos musicales.

Esto nos lleva a tratar el último punto: la presencia mora en América. Cuando se habla de los árabes en América, casi siempre se refiere a las oleadas migratorias provenientes de Medio Oriente, de estos súbditos (palestinos, sirios y libaneses en su mayoría) de un imperio otomano en pleno ocaso. La presencia árabe data de mucho antes del siglo XIX. Los moros, habitantes del Reino de Marruecos (actualmente Marruecos, Mauritania y Argelia) y de la península ibérica figuran entre los primeros foráneos traídos a la fuerza por la corona española. En este sentido, los archivos del puerto de La Habana son una excelente fuente para quien se interesa por el tema. Una de las figuras emblemáticas de esta categoría es Esteban de Dorantes, totalmente desconocido hasta en su país de origen, Marruecos. Es uno de los tres compañeros de viaje de Cabeza de Vaca en su expedición por lo que es hoy Nuevo México(4). Esteban era esclavo comprado por el conquistador Andrés Durantes de Carranca, con quien llegó en una expedición en el año 1527(5), una aventura con un final trágico. Desgraciadamente, no se puede evaluar el número de este sector de la población colonial pues sus nuevos amos les obligaban a convertirse y a tener nombres cristianos. Hay casos en que los presos son expedidos antes de su conversión. Sin embargo, la confusión es regla común, pues el criterio adoptado es absolutamente religioso: son clasificados bajo la categoría musulmán(6).

Los moros que tuvieron más impacto en América, sobre todo en el dominio arquitectónico, eran mudejares, término que muchos historiadores interpretan como proveniente del árabe mudajjane o domesticado. Los mudejares eran estos moros que escogieron vivir bajo dominio cristiano desde los inicios de la Reconquista. Pagaban un impuesto a cambio de la libertad de ejercer su culto y conservar su identidad. A partir de 1494, perdieron este privilegio y les fue prohibido hablar su idioma y practicar su religión. Hasta, se les impidió vestirse de negro en tiempos de luto, y esto por decreto real (Real Pragmática de 1494 de los Reyes Católicos). Muchos de los llevados a América practicaban en secreto su religión, un fenómeno no del todo marginal; como prueba, el rey Carlos I (1516-1556) emitió un decreto destinado a frenar los esfuerzos de islamización de la población indígena. A propósito de indígenas, el caso de los Pueblo es muy interesante para quien quiere ver cómo se integraron muchos elementos moriscos a su cultura. Aunque conocieron el uso del adobe antes de la llegada de los españoles, la historiografía muestra con clarividencia la influencia morisca en las técnicas de construcción actuales. Esta influencia se nota de igual modo en el dominio textil, precisamente en el uso de motivos geométricos y de colores provenientes del África del Norte(7), y también en el dominio de la joyería(8).
Esto nos lleva a concluir que el factor cromosómico no debe ser determinante en la interpretación de la historia. A pesar de no tener un peso demográfico significante, el moro está presente en unos de los componentes claves de la identidad latinoamericana: arte arquitectónico colonial, instrumentos musicales, arte culinario, joyería...

(1) Miguel Chase-Sardi, Augusto Brun y Miguel Ángel Enciso, Situación sociocultural, económica, jurídico-política actual de las comunidades indígenas en el Paraguay, Asunción: C.I.D.S.E.P., p. 39.
(2) Es interesante notar que en Francia, la extrema derecha sigue referiéndose a la Canción de Rolando (1090) para estigmatizar a la población de orígen norteafricano. Con referencia a este punto, cabe destacar la ausencia en los manuales escolares franceses de toda mención a la interpretación del historiador árabe del siglo XIII, Ibno Al Atir, segun la cual Rolando fue asesinado por mercenarios bascos.
(3) Sobre este punto ver: Sylvia Rodríguez. The Taos Pueblo Matachines: Ritual Symbolism and Interethnic Relations American Ethnologist, 18.2: 234-256.
(4) Hsein Ilahiane. Estevan De Dorantes, the Moor or the Slave? The Other Moroccan Explorer of New Spain, Journal of North African Studies, 5.3: 1-14.
(5) Nancy Curtis. Black Heritage Sites. An African-American Odyssey and Finder's Guide, Chicago Ala Editions, 1996.
(6) Rigoberto Menéndez Paredes. Componentes árabes en la cultura cubana, Habana: Edicions Boloña, 1999.
(7) Spanish New Mexico: The Spanish Colonial Arts Society Collection, vol. 1, Ed. Donna Pierce y Marta Weigle, Santa Fe: Museum of New Mexico Press, 1996.
(8) David E. Dear On Jewelry Made in the Contemporary Southwestern (U.S.A.) Style. Leonardo, 12. 4: 301-303

La Quinta Pata