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viernes, 12 de diciembre de 2008

El sepelio de la calenturienta

Alberto Atienza

Se murió la Calenturienta. De amor, angelita de Dios, murió de amor, decían las comadres beatonas del barrio para quienes la difunta era un ícono ya que veían en ella a una víctima más de esos veranazos repentinos y efímeros que les llovieron cuando la menopausia. Claro que, había diferencias. La difunta era, fue, hasta su partida, mucho más joven que las chusmas que la amaban, pero que no la omitían del vademécum de los chismes ni aun por cariño. Y encima, linda. Rubia, ojos claros, en un universo oscuro, un viejerío de morochas que a lo sumo, por esa piedad del tiempo, se alumbraban un poco tornándose grises. De puro amor no correspondido murió la pobre, repetían viudas, solteronas. Y las casadas, a esa altura del partido, totalmente en vano. De pura temperatura, comentaban los jubilados de la cuadra y de diez leguas a la redonda para quienes la oxigenada occisa, que paseaba con un leve aire de Jane Mansfield, menos melocotona que la yanqui y por eso acaso más apetecible, era el objetivo de onanismos puramente cerebrales (son los años).

No se le conocía marido, novio ni amante, ni tan siquiera uno que más la hubiera querido y que con eso sería bastante. Su vida, casi de una monja de clausura. Las compras. El trabajo de docente. Algunas amigas de circunstancias, gata, perra, perro, gorriones visitantes. Y la figura masculina, recortada contra el sol llegando a su casa o en la penumbra sin tiempo del dormitorio, no existía. Y ella se consumía de deseo. La mirada ígnea que la acompañaba a todos lados la dejaba en descubierto. Su forma de caminar, con una carga de sensualidad que los socios y adherentes al PAMI de la zona interpretaban como una invitación directa, desvelada. A veces hablaba con el verdulero, otro de sus adoradores, que nunca se le animó más allá del buen día. Quedaba mudo al mirarla como si fuera la esfinge de Tebas entre tomates, rabanitos y bergamotas, enigmática, impiadosa, a punto de arrojarlo a un precipicio. Ella cursaba su pedido y una de sus manos, a veces las dos, pasaban tenuemente por sus bellos pechos. Y el verdulero entraba en crisis cual Príapo vernáculo. Más allá, los clase pasiva, no muy lejos, activaba su seso al máximo de esfuerzo, al borde del aneurisma, con la imagen de la Calenturienta sin ese ropaje de mujer muy madura que inexplicablemente usaba.
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Los jóvenes del barrio, pocos en ese lugar de veteranos, jubilados del ferrocarril que ya no surca ni praderas ni ciudades, estaban sumergidos en la cumbia villera, en aires de bombachitas voladizas de Carinas, Vanesas. Se llaman Braint o Yonatan, así en fonética los nombres en sus documentos de identidad, por esa gracia del registro civil que en cualquier momento inscribirá a un Fiesto Cívico González o a un Rayovac Pérez. Ni tan siquiera reparaban en la Calenturienta. La veían pasar a marcha lenta, con su contoneo, con ese quiebre de caderas, que visto de atrás parecía decir acompasadamente “para mí para vos para ninguno de los dos para mí para vos…” Una vieja más, de las tantas, de la legión barredora de veredas. Para ellos las únicas mayores con existencia real eran, aparte de la mamá, sus propias tías y alguna que otra profesora que les aplicó amonestaciones. Meta cumbia, birra, los termómetros de los pibes no detectaban ese zonda femenino que les cambiaba el aire.

Y se murió no más (imposible más) la Calenturienta. Su alma, como gaviota empujada por una corriente térmica ascendió tibia aun, en medio de un feroz cielo de invierno. El velorio, a la antigua, con pocos parientes y todo el vecindario, no en una impersonal sala de pompas fúnebres sino en su propia casa. Al lado del bargueño, de la mesa del comedor arrinconada, la capilla ardiente (nunca mejor empleado el término) Y ella, con reflejos del rubor que en vida le subía a la cara, como bengala silente, inmóvil, serena, preciosa, mirando hacia adentro con esos ojazos que nunca más se inflamarían.

Hasta hubo alcohol en torno a la bonita, siempre adornada a la antigua, aun en el postrer momento. Anisado de los 8 hermanos, de genealogía árabe según los dibujos y símbolos de la cuadrada botella, licor que aportó una de las ancianas de la zona, verdadero tesoro de sus noches de soledad, nada más que en homenaje a la Calenturienta. Ella, la yacente, compuestita como siempre (así murmuraban las longevas al contemplarla) Ella, una especie de abanderada de todas las senectas de ese caserío que nació por los trenes y que languidecía como el herrumbre en las vías. Cubierta de padre nuestros, ave marías, un bouquet de jazmines del país, la tapa de cinc y arriba, madera, la Calenturienta partió hacia un sitio repleto de imprescindibles, el cementerio de la ciudad, tan lleno de imprescindibles, únicos, como el camposanto de Père Lachaise en Paris, el High Gate de Londres o el osario de Chapanay. Ella, un poco al revés de la historia, aunque no lo sentía en ese momento. Lo trágico de su signo fue que todos los hombres, sin excepción, no la anotaron en el amplio menú de sus apetencias. Aun sin conocerla (jamás bebieron sus mieles) la ignoraron. Y quienes la tuvieron muy en cuenta ya no les quedaba ímpetu. Apenas si caminaban. Ni hablemos de correr. No corrían ni peligro.

Fosa abierta. Los consabidos cipreses. Las caras de nada de los sepultureros. Los vecinos veteranos, conscriptos en la tonta guerra de colorados contra azules, allá por los sesenta. Otros, más pretéritos, sospechados de participar en la conquista del desierto, erguidos lo más que podían (no mucho) con caras serias, gestos adustos, como si fueran el brazo armado de la Mutual de Jubilados. El sentimiento que los embargaba traducido en un solo pensamiento doloroso, esa tortura fría que arroja lo irremediable “Dios, se murió, que desperdicio” Bajó el ataúd a poca profundidad, despacio, pendiente de gruesas cuerdas. Y sobre su lustrosa madera, los puntos de una nevisca tímida. Un viento pertinaz, molesto, no invitado, gélido. Y de pronto, antes de la primera palada de tierra, interrumpiendo el alud de cascotes que caería sobre el catafalco, se desprendió lentamente desde el óvalo con el crucifijo que cegaba la cara de la Calenturienta, un vaho casi imperceptible. Humo o vapor. O ambos juntos. Una especie de pequeña nube se formó ante la vista de los dolidos acompañantes a esa despedida final. Sin que se dieran cuenta comenzó a crecer la temperatura en torno a la zanja. Los copos del agua nieve se volatizaban al intentar cruzar ese microclima. El calor ascendía. Los enterradores, inmóviles, igual que los participantes del acompañamiento. Ya se sacaron las boinas los viejos y enjuagaban perlas de sudor caídas de las frentes, equilibristas en puntas de narices. Las octogenarias y nonas ladearon los chales y se ilusionaban soñando que la calefacción les venía de las entrañas. Subieron en tórrido rango los grados en un predio de tan sólo diez metros cuadrados. Los enfrentados, hoya de por medio, veían la silueta de los otros ondulantes a través del aire expandido “parece un espeyismo” dijo una de las viejitas (dijo espeyismo). Cesó la fumata desde el féretro. La zona media del ataúd se tornó entonces incandescente como alma del magma. Se produjeron estallidos bajos, continuados, con la liberación de cada vez más combustión. Luego, una hoguera. Las llamas se elevaban de la sepultura espantando a todos por igual. Y así como surgió la combustión, así acabó. Sólo quedó un rescoldo en el fondo de la fosa.

Y todo el incendio fue dando paso a la nievecilla que caía de lo alto como lágrimas de la Calenturienta, lágrimas de felicidad por su primer orgasmo.

La Quinta Pata, 11 – 12 – 08

La Quinta Pata

jueves, 24 de julio de 2008

Lo que se oye por las calles de Cuba y… lo que se lee en Intranet


Estaba un hombre dando de pastar a su rebaño de ovejas,
cuando de repente aparece por el inhóspito camino

un reluciente todo-terreno Navigator 4x4 full equip, el cual se detiene frente al viejito y se baja de de ella un joven de no más de treinta años

traje negro, suéter negro tipo “Hugo Boss”, zapatos “DKNY”, se acerca al viejo y le dice:

“Señor, si le adivino cuantas ovejas tiene Vd. en su rebaño, ¿me regala una?
el viejo responde con algo de asombro:
“sí, ¿cómo no?

Entonces el joven vuelve a su 4x4 y saca
un Toshiba Tecra 9000, Pentium IV, a 2,4Ghz
con 512 MB de RAM.
Se conecta a la red de redes vía satélite, baja
un base de datos de 300 MB de RAM. entra en una
página de la NASA, mediante un satélite
identifica la zona exacta donde está el rebaño,
calcula el promedio histórico del tamaño de una
oveja tipo “Merino” mediante una tabla dinámica
de Excel y, con la ejecución
de algunas Macros personalizadas en Visual Basic,
logra completar diagrama de flujo.

Después de veinte minutos, le dice al viejo:
“Vd. Tiene 1,347 ovejas; 256 machos, 1,095 hembras y 4
pueden estar preñadas”

El viejo asombrado le dijo que, efectivamente, así era, y que se podía llevar una oveja.
El joven coge uno de los animales y lo carga en su 4x4. Estaba a punto de
irse, cuando el viejo le detuvo y le preguntó:

“Disculpe pero si yo llegase a adivinar para quién trabaja ¿Me devuelve Vd. mi animal?”
El joven le dijo sonriente:
“claro hombre ¡inténtelo!, mientras abría la puerta de su vehículo para
marcharse.

El viejo entonces contestó:
“Vd. trabaja como asesor en el gobierno Zapatero”

el joven, absolutamente sorprendido, dijo:
“¡exacto! ¿come lo sabe?” el viejo respondió:
por 4 razones.

Primero, por la pinta de comemierda,
segundo, vino sin que yo le llamara.

Tercero, me cobró por decirme algo que yo ya sabía.

Y cuarto,
se nota que no tiene ni puta idea del negocio
porque se lleva mi perro en lugar de una oveja.



Insurgente, 23 – 07 – 08

La Quinta Pata

miércoles, 18 de junio de 2008

“El ahorcado” (fragmento de El silenciero cautivo)

Ángel Bustelo

Se comentó que llevaba días sin bajar al patio, porque estaba enfermo, con dolencia de guardar cama. Fueron trascendiendo noticias muy filtradas. Parece ser que sufría calenturas y se le oía quejarse en resuellos de pena. Nunca quiso molestar a nadie, ni hacer confidentes de su entrabe. Era propiamente un silenciero, de aquellos que saben escuchar el movimiento del aire cuando le surcan las alas de aves livianas, hombre de palabras hechas para no ser voceadas.

Cundió la mala nueva, la malfamada, y el recinto se pobló de hablillas de rincones, hasta aquel día en que se propagó, por la bóveda de los hangares, en un silencio parecido al ocaso, que la radio Colonia, desde la otra orilla del Carmelo de las luchas independentistas, habría difundido la noticia – que solo los diarios de la Argentina no recogieron –, del martirologio de un escritor. Se lo decía, mientras él yacía muriente en lóbrega celda de la Unidad Carcelaria Nueve, que estaba bajo supervisión de un alto galonado de doble apellido: español por “Suárez”, e inglés por “Mason”, conocido entre los suyos por “Pajarito”, huésped actual de la Unidad Carcelaria 22, frente al teatro Colón de Buenos Aires, bajo imputación de algunas “travesuras”: 39 homicidios comprobados, más miles de muertes, robos y torturas.

Así fue: quedan testigos vivos y la memoria del pueblo inmemorial.

Da Bene había presenciado desde su celda el ahorcamiento de un prisionero de la celda de enfrente. Su estructura de personalidad suprasensible rayó en espanto. Nunca se sacaría de encima ese espectáculo macabro. A él, que no había inventado tanta fantasía, tanto tema pasional o policial, tanto hecho humano que luego vivisectara con pasión de orfebre, la vida tenía reservado ese suceso, rayano en límites de delirio, cuando la mente peligra de quebrarse. A Suetonio, especialista en suicidios, con el escalpelo moviéndose en el mundo ignoto de los que niegan el alba de la rosa, tenía que tocarle el fondo de un infortunio inmensurable, el visaje del cuerpo balanceando, el estertor de la vida irrefugiable.

De ahí las calenturas, la intermitente fiebre, la resistencia del soplo vital a proseguir sus diástoles y sístoles. Suetonio Da Bene sentía la muerte – la suya y la extraña – viajar por los túbulos de la sangre, golpear las paredes inútiles de las venas, retumbar en un cerebro hecho para recoger sentimientos – pero no agonías –, desde un remoto país muy lejos de su tierra, en un ambiente de angustias hacia adentro, rodeado de sombras, de sombras inasibles, de sombras, nada más . . .

No podía por menos que yacer muriendo, postrado en esa tumba que vigilaba el ocaso de las evanescencias.


Cuenta Ramón Ábalo en ocasión de compartir mazmorras con Ángel Bustelo durante el Mendozazo en 1972:
“Al otro día a las seis de la mañana, cuando todos estábamos durmiendo en la cuadra, se escuchó un vozarrón que empezó a gritar: Queremos saber por qué estamos acá. Los vagos encanutados le contestaban de todos lados, ¡callate, viejo de mierda! Era don Ángel Bustelo, el viejo, como siempre encabezando líos, las broncas. Entonces venía el oficial y le explicaba, mire yo estoy a cargo de esto pero no tengo nada que ver así que por favor deje descansar, y el viejo que insistía, ¡dígannos qué hemos hecho. No había cómo pararlo. En un par de días ya nos largaron. Se acabó la huevada y tuvieron que bajar la tarifa de luz.”

(Del libro de próxima aparición, Entre viñas, farras y revoluciones. Conversaciones de Ramón Ábalo con Hugo De Marinis)

La Quinta Pata

lunes, 12 de mayo de 2008

Oficio del ausente

Armando Tejada Gómez

Yo ya no tengo sitio.
Lentamente el paisaje
se ha ido diluyendo
como la niebla, como
el color en otoño
y por esos olvidos
no sé si voy o vuelvo,
si estuve aquí ya antes
con ríos melancólicos
o entrando a los valles
o saliendo del sueño
Leer todo el artículo - CerrarTodo es mío y lejano.
Cuando llego estoy lejos.
Soy de ninguna parte
porque a mí la distancia
me nutre como una
población de silencios.
Yo sé que no me queda
residencia posible,
que soy el que ha partido
en dirección del viento
y si acaso volviera
a mi sitio de ausencia,
dañaría la última
porción de la ternura:
esa muerte sin lágrimas
de los dulces recuerdos.

Yo ya no tengo sitio
con madres y nogales.
Mi niñez es un río
que ayer pasó y no ha vuelto.
A veces me detengo
en los atardeceres
y el olvido me mira
por los ojos de un perro.
Entonces sé que nadie
me aguarda tras las puertas
y que, en alguna mesa,
retiran mis cubiertos.

La buena gente cierra
con tres llaves la noche
y la ceniza baja
los párpados al fuego
Solo yo sigo andando
el mapa de mi exilio,
galopando un sonido
que perturba los sueños.

- Quién anda ahí, preguntan
los dueños de la vida,
pero cuando se asoman
solo ven el invierno.
Luego vuelven el rostro
hacia el amor y dicen:
- Es el viento, mujer,
Ese maldito viento …

Armando Tejada GómezArmando Tejada Gómez nace en Mendoza, en 1929 y viene a la literatura desde la experiencia directa de la vida en el seno del pueblo. Limpiabotas y vendedor de periódicos en su niñez; bracero en su juventud; participante en las luchas obreras; adolescente pobre y, por ello, sin otro incentivo para la instrucción que la avidez autodidacta, fue conquistando desde este terreno un estilo que, sin estorbar la solidez de los elementos cultos incorporados, mantiene su fidelidad esencial a la otra fuente que lo nutre: la tradición de la copla cantada, recibida de los payadores populares en los boliches que frecuentó desde su infancia, y fijada a partir de la experiencia juvenil de la lectura del Martín Fierro. En su obra se destacan: Pachamama (1955); Tonadas de la piel (1956); Antología de Juan (1958), Los compadres del horizonte (1963); Ahí va Lucas Romero (1963) y Tonadas para usar (1967). Fallece en Buenos Aires en 1992.
“Oficio del ausente” apareció en Canto popular de las comidas, Editorial Boedo, Buenos Aires, 1974.

La Quinta Pata

lunes, 28 de abril de 2008

Creación: Trópico

Trópico

No sé cómo hiciste para encontrarme, me creía en el lugar más perdido del Universo.

Te hice huésped de mi casa (mi cabaña, mi rancho) donde todo este tiempo he vivido solo, con un perro y un lagarto manso como el perro. El lagarto gusta no de las piedras al sol, ni las cuevas o escondrijos, sino del agua, y como tenemos tan manso río… El perro también es de buenos modales, acaso demasiado pacífico, como que está tan gordo… En épocas de hambruna he pensado en comerlo.

Tengo vecinos, sobre la costa, a unos trescientos metros. Un matrimonio francés, con el que te has entendido perfectamente en inglés.

Hacía calor – estamos en el trópico – y la mujer provocaba al marido sin darle tregua. Ella pasa de que yo sea testigo de sus actos lascivos.
Cuando llegaste puse música, nada que nos recordara el país.
La francesa, como una mulata, se mecía tendida en una hamaca entre dos árboles.
Leer todo el artículo - CerrarQuisiste preparar una paella para congraciarte, pero me opuse:
- Es muy pesada, no amoles. Estamos en latitud cero.
Pretendías que repasáramos nombres de allá, el de los amigos, los del colegio. Yo te dije:

- Déjate de amolar, hermano. Yo he muerto para ellos.
Como un gesto de delicadeza me prestaste tus chinelas a fin de que no me estropeara los pies pisando arena y casquillo.

Me di cuenta que seguías siendo un potro, un padrillo, y te aconsejé:
- No le quites la mujer al francés, él no tiene más que a su francesa. Ni uses la argucia de que solo la tomarás prestada para devolverla después del uso.
Todavía le dije:
- Te conozco mucho, Andrés. A mí no me la pegas. Al francés tampoco, mira bien que hizo de chulo en una película de Jean Renoir. Vayamos a comer algo. Hace hambre. De paso me dirás cómo llegaste aquí. Pasando el río, me doy cuenta, ¿pero cómo podías saber…?

Quetzaltenango, Guatemala

Antonio Di Benedetto
“Trópico” apareció en la colección Cuentos del exilio, Bruguera: Buenos Aires, 1984 (3ra. reedición)


Antonio Di BenedettoAntonio Di Benedetto nació en la ciudad de Mendoza en 1922 y murió en Buenos Aires en 1986. Es autor de novelas y varios libros de relatos: Mundo Animal (1954), El Pentágono (1954; reeditado en 1974 con el título Anabella), Zama (1956), Grot (1957; reeditado en 1969 con el título Cuentos claros), Declinación y ángel (1958), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969), Absurdos (1978), Cuentos del exilio (1982) y Sombras nada más (1984), entre otros. Además de narrador, Di Benedetto fue periodista y guionista de cine. Recibió numerosos premios y becas y sus libros han sido sucesivamente reeditados y traducidos a otros idiomas. Detenido por la dictadura militar en 1976, tras un año de cárcel se exilió en España, de donde regresó poco antes de su muerte.


La Quinta Pata

miércoles, 2 de abril de 2008

Creación - La flor de Vira Vira

La flor de Vira Vira

La flor de Vira Vira

Cuento aparecido en Las mil y una noches argentinas, Buenos Aires: Plus Ultra, 1981


Esta es que era una señora muy consentida y regalona. Su gusto era mirarse en el espejo y ponerse Solimán y agua perfumada para que la hallaran más buena mozo que otro poco.

Y su marido era buenazo, y tanto, que ya llegaba a ser más de medio sonso. Ella, que pasaba una vida zorzalina, hacía lo que quería con el pobre. Y se traslucían algunas cosas que eran como para andar hablando solo de pura rabia.

Últimamente se había aficionado a un fraile buen mozo que venía a la casa a atender la capilla de la familia, y por esta razón y motivo todas las semanas se enfermaba la señora. Le daba una pataleta muy rara, largaba unos gritos terribles, ponía los ojos blancos y se quedaba dura. A fuerza de sobarla, medio volvía al conocimiento; pero se quejaba de un dolor que le subía y le bajaba por el cuerpo… ¡Uh! Era como para llamar a las curanderas más mentadas, pero ella misma se sabía el remedio. Después de consolarlo al pobre del marido, que se afanaba muchísimo, le decía:
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Ya mismo te vais a la mar
A traerme vira vira
Para yo poder sanar…


Y allá se iba el buenazo del marido; ¡a la mesma mar se iba! Cruzaba las cordilleras en su caballo, se allegaba a la orilla de la mar inmensa, recogía la flor de vira vira y se volvía cada vez más sonso, adonde estaba la muy pilla de su mujer. Ella tomaba unos tecitos de flor de vira vira, con azúcar tostada y se sentía muy de lo mejor. Pero a la semana siguiente le volvía la pataleta, y…

Ya mismo te vais a la mar
a traerme vira vira
para yo poder sanar…


Y como ya era una viva sonsera el pobre marido, ahí no más ensillaba su caballo, cruzaba las altas cordilleras y bajaba al plan de la mar a cosechar flor de vira vira para el mal de su señora. Y se volvía a su casa, pero a la siguiente semana era anudar el mesmo cuento de siempre.

Pero allí no se engañaba el compadre de él, que era avispado y las cazaba en el aire…

Tantas eran las visitas del fraile buen mozo, y tantas noches y días se quedaba en esa casa, que el compadre, no pudiendo aguantar más la rabia que lo soliviantaba contra la muy pilla de su comadre, se aventuró, al fin, a abrirle los ojos al asonsao de su compadre. Se lo contó todo con pelos y señales. Y no solamente le contó todo, sino que hasta maquinó el justo castigo a los burladores. Y el marido, de tanta rabia que le vino, medio se avivó y se hizo otro…

Esto maquinaron los compadres:

En cuanto a la señora le viniera la pataleta y le pidiera el remedio milagroso, él ensillaría su cabalgadura y se haría el que partía para la lejana mar; pero en el primer recodo del camino daría media vuelta, volvería a su casa y se escondería en un petacón grandotazo que estaba en el comedor. Desde ahí podría ver, por unos agujeros del petacón, todo lo que pasaba…

El compadre, mientras tanto, rondaría por la casa en su mula baya, atento, por lo que puchas pudiera…

Dicho y hecho. En cuanto llegó el viernes, la pobre señora empezó a descomponerse. Se le torció la cara, charqueó los ojos y comenzó a grititos, y ¡ya se le descolgó el mal que daba miedo!

Al rato pudo hablar y ya dijo:

Ya mismo te vais a la mar
a traerme vira vira
para yo poder sanar...


El marido, haciéndose más sonso de lo que era, le contestó, tan sumiso:

Ya mesmo me voy, mujer,
y hasta la semana que viene
No voy a poder volver…


Y ya se fue al corral y ensilló su caballito, y luego enfiló para la mar, más tranquilo que el sol en su cielo… En cuanto dobló la senda detrás de unos chañares, le entregó el sillero a su compadre y él se volvió a pie y, en un descuido de todos, se metió en el petacón.

Al ratito no más cayó a la casa el fraile buen mozo. Venía más contento que unas pascuas y como con ganitas atrasadas de parranda… Sanita salió la señora, más paqueta y empolvada que una flor, y lo recibió con sonrisitas y remilgos. Ya mandó ella a la cocinera que se hiciera una buena cazuela de gallina, empanadas, un chanchito al horno y pastelitos dulces… Y para no quedarse atrás, sacó una guitarra y se la pasó al fraile, que había sido un guitarrero de mi flor. No bien templó el encordado, se decolgó con este cogollo:

Señora dueña de casa
Blanca flor de vira vira;
Mientras su dueño se ausenta,
Nuestro amorcito ¡qué viva… !


Largaron las carcajadas los dos, pero en eso se oyó la voz del compadre que, en su mula baya, llegaba frente a la casa:

Compadre que está en el petacón:
Atienda esa relación…


Y el marido, saliendo de su escondite, hecho una furia y empuñando un látigo cola de víbora, le contestó:

Compadre que está en la mula baya:
¡atájeme al fraile que no se me
vaya . . .!


Juan Draghi Lucero


Juan Draghi LuceroPalabras de Graciela Maturo (Profesora de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Directora del Centro de Estudios Latinoamericanos. Escritora. Ensayista. Critica literaria, con amplia obra publicada): “Don Juan Draghi Lucero fue un escritor tradicional de vasta obra. Historiador, cuentista, novelista, estudioso del Folk, ha recopilado para la cultura argentina el valioso tesoro de las tonadas, romances y narraciones más tradicionales de la zona de Cuyo. Su recopilación no es pasiva, como no lo ha sido tampoco la del escritor que puso por escrito los mitos griegos, escandinavos o mayas.”...”Su obra nos permite asistir a todo el proceso de la literatura, desde la crónica histórica, pasando por la recopilación de materiales poéticos y narrativos, hasta llegar a la libre diversificación personal que supone la expresión de la propia experiencia a través del cuento, el poema y la novela.”...”Draghi Lucero oyó estos relatos de boca de los suyos, de sus comprovincianos de la zona andina, de los arrieros y carreros reunidos en fogones a los que se arrimaba de niño”. “A través de los cuentos reunidos en "Las mil y una noches Argentinas", asistimos a una real vivificación del fondo tradicional, retomado en motivos, estructuración y estilo, así como en su sustrato filosófico y religioso. Es este sustrato el que nutre, analógicamente, la proliferación de la metáfora, las frases acuñadas, los decires y refranes, los estribillos; es asimismo esa visión tradicional del mundo la que sostiene viejos motivos que se diversifican en nuevos ejemplos o parábolas. Son modos de encantamiento del narrador, que sin embargo no ofrenda todo a la magia del lenguaje, sino que hace de este un instrumento veladamente didáctico.”


La Quinta Pata