José Luis Menéndez
Ayer fue, justamente, "Viernes 25". Ese es el nombre de un libro que las manos de la amistad han dejado para esta breve memoria. El libro, editado hace diecinueve años, en México, permite aproximarse a un poeta increíble, Dardo Sebastián Dorronzoro, secuestrado por un "grupo de tareas", el (viernes) 25 de junio de 1976, en su casa del barrio La Loma, Luján, y desaparecido desde entonces.
Pero desaparecido absoluto, guardado en el más hondo y silencioso misterio.
Poeta de trazo original, vigoroso, melódico, profundo pero claro, íntimo pero social, duro pero esperanzado, y sin embargo -tal vez por todo aquello- ausente de la historia, de las antologías, de la crítica académica, de la cita de los especialistas, del renacer que admite la palabra bella. ¿Qué respuesta explica semejante olvido? ¿O sus poemas son joyas que aguardan otro tiempo, otras manos, tan fuertes que remuevan toneladas de tierra, otros ojos que sacudan telarañas inconsolables?
El herrero -porque este poeta era herrero, conocía el alma del metal y del fuego-, los estaba esperando. Por eso escribió: -hace tiempo que siento la amenaza del viento, sobre la luz de mi lámpara, esa luz que apenas alcanza para no perderme entre las garras del mundo, entre los dientes de esa muchedumbre de lobos en la sombra". Pero mientras tanto no dejaba de fundir azules, de poner estrellas en cada soldadura, y un poema, día tras día, en los incendios de la fragua, en un doble trabajo sobrepuesto a una búsqueda eterna.
"Quizá te busqué entre todas las mujeres
o quizá no te busqué
o te busqué en mis noches más oscuras
en mis calles más solas
sin llamarte por tu nombre
porque tu nombre no existía en el mundo
(…)
quién sabe cuantas veces habrás pasado junto a mí
ocultándote en el corazón,
o cuando yo estaba tirado boca abajo en la tierra,
mordiendo la tierra,
o comiendo un mendrugo juntos a los ojos de mi perro,
o acaso yo estaba mirando algún lugar
para morir sin encontrarte."
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